¿Tiene sentido seguir llenando la ciudad de carteles inmobiliarios?
Una reflexión urbana desde el propio rubro inmobiliario
En la era digital, vale la pena preguntarse si los carteles inmobiliarios en la vía pública siguen teniendo sentido.
Caminamos ciudades atravesadas por colores estridentes, carteles oxidados, lonas que se despintan al poco tiempo. Mensajes superpuestos que no solo anuncian una venta, sino que introducen ruido visual en fachadas, edificios y casas. A esto se suman vidrieras y ventanas cubiertas con ploteos opacos —muchas veces en rojos intensos u otros colores dictados por modas del código inmobiliario— que anulan la transparencia y alteran por completo la lectura de un edificio.
Un arquitecto —sea más o menos modesta su obra— suele pensar cuidadosamente la fachada: proporciones, materiales, ritmo, presencia urbana. Es parte de su diálogo con la ciudad.
Y sin embargo, muchas veces somos nosotros mismos, desde el rubro inmobiliario, quienes por el ánimo del lucro intervenimos esas fachadas con elementos ajenos, invasivos y temporarios, alterando no solo una obra puntual, sino la coherencia visual de una cuadra, de un barrio o de una ciudad entera.
Resulta paradójico que una de las pocas actividades que comercializa, entre otras cosas, espacio, forma y estética, termine recurriendo a prácticas publicitarias que en muchos casos resultan abiertamente antiestéticas.
Incluso cuando existen normas, rara vez hay un control realista sobre el estado, el mantenimiento o el riesgo que estos elementos implican, volviéndose en ocasiones incontrolables y hasta potencialmente peligrosos.
Buenos Aires, con todos sus defectos y virtudes, es una ciudad indiscutiblemente bella. Justamente por eso resulta más evidente el sinsentido de saturarla con recursos visuales que terminan empobreciendo su paisaje urbano.
No es raro encontrar edificios a estrenar con un cartel por piso y, en algunos casos, dos o más inmobiliarias superpuestas sobre una misma fachada, como si la acumulación pudiera sustituir al criterio. Algo similar ocurre en edificios ya consolidados, de cierta antigüedad, donde varias unidades en venta se anuncian simultáneamente hacia la calle: una sobreexposición que no solo afecta la lectura del conjunto, sino que en ocasiones puede resultar contraproducente, generando más dudas que interés.
Tal vez sea momento de empezar a repensar ciertos detalles que deterioran silenciosamente lo que compartimos. No se trata de dejar de comunicar, sino de hacerlo con más responsabilidad, entendiendo que la ciudad no es un soporte publicitario, sino un bien común.
En ese sentido, incluso en los nuevos desarrollos, la comunicación podría resolverse de manera mucho más sobria: un único cartel de dimensiones acotadas, con texto breve, fondo neutro y, eventualmente, un código QR que concentre la información. Sin renders, sin imágenes promocionales y sin ocupar la fachada completa.
A medida que un edificio se consolida y pasa a formar parte del paisaje urbano, la intervención publicitaria debería reducirse al mínimo o directamente desaparecer. No por prohibición, sino por respeto al entorno que compartimos.
La ciudad no es un fondo neutro sobre el que todo vale: es un paisaje urbano que cuenta una historia y que, justamente por eso, merece ser cuidado.