Cuando se vulgariza un oficio: Tasaciones
En el mercado inmobiliario actual, la palabra tasar suele quedar reducida a asignar un valor de mercado. Y ese valor, en la mayoría de los casos, se construye casi exclusivamente a partir de comparables.
Existen distintos métodos de tasación (comparativo, de costo o reposición y de renta), cada uno válido según el tipo de inmueble y el objetivo de la operación. El problema aparece cuando se reduce todo a uno solo.
Parte del problema radica en el ánimo de vender y/o captar rápido. En ese apuro se pierde de vista que detrás de un inmueble, en muchas ocasiones, hay artes y oficios, tiempos y decisiones acumuladas: meses o incluso años de desarrollo arquitectónico, de construcción y de trabajo previo que hicieron posible esa obra. Reducir todo ese recorrido a una simple comparación de precios empobrece la lectura del bien.
Analizar una propiedad no es una cuestión de sensaciones, sino un ejercicio técnico de lectura e interpretación. Para hacerlo no alcanza con mirar publicaciones: hace falta conocimiento de arquitectura, funcionalidad, sistemas constructivos, materiales, paisajismo e implantación.
Si todo pudiera resolverse con planillas y números, sería muy sencillo asignarle un valor a la Capilla Sixtina.
Se requiere capacidad para evaluar:
• Estado técnico
• Funcionalidad
• Materialidad y eficiencia
• Terreno y orientación
• Paisajismo
• Dimensión estética
• Valor histórico y cultural
• Evaluación de mercado
Todos estos factores —y no uno solo— son los que influyen y le dan coherencia a una tasación final.
En la práctica, no es raro ver procesos superficiales que terminan replicando precios sin interpretar el inmueble. Así, sin proponérselo, se va achatando un mercado complejo, diverso y heterogéneo y, en definitiva, se reduce su valor.
Qualitas, non quantitas.